Acá todos fingen estar felices. Es raro, pero hasta hace un par de años también yo cabía dentro de su alegría.: Bailes, brindis para allá, para acá, y como que ya la champaña a algunos se les ha empezado a subir a la cabeza y hacerles más festivos y risueños que siempre (como la Matilde que está arreglando sus maletas para salir a dar la vuelta a la manzana, porque con eso jura que va a dar la vuelta al mundo).
Es increíble cómo la casa se agranda cuando hay visitas. El rincón que parece inhabitable refugia una pequeña mesa, de la que no me he separado, para retratar este instante tan vivo, tan lógico… y lo peor, el último.
Para mí esto es tratar de aparentar que las cosas están bien por un segundo. Al parecer mi abuela se ha encargado de decirle al resto de mis tíos y primos que muchas preguntas no hagan, ni que ciertos temas se toquen… es obvio que por eso mi papá está en un rincón hablando con el tío Raúl, a quien ve como dos veces por año (no es por un tema de distancia, sino de “no querer verse”) y por el otro están todas mis tías, quién de ellas más bronceada y más rubia, conversando de cuaquier cosa vanal, más de las que siempre hablan, para que todo se haga menos tenso y cambiarle la cara de 10 metros que tiene mi mamá.
La Camila juega con Miguelito, andan corriendo para todos lados, jugando con lo que les regalaron para Navidad… ella sonríe, y se deja llevar por la euforia del momento, es feliz…
Y yo sigo sola, con ganas de pararme y dejar a las visitas solas e irme a cualquier parte, de preferencia, mi cama, para no salir de ahí, y perderme todo lo que siempre pasa: el numerito del Joaco al hacer un brindis, y culminar con un “esto también es por ti, mi Fernandita linda” (y los ojos de mis tías clavados en mi cara, pensando que ya estoy en edad, como ellas, de marcharme con un buen partido a una vida tan miserable como las suyas, incluyendo la de mi madre… mención aparte, la Tía Pepa está con nosotros porque nunca tiene mejor panorama)
El jolgorio hace tolerar la música incluso hasta más vulgar que cualquiera de nosotros pudiera haber encontrado… que terminan graciosamente bailando todos, abandonando la rigidez de sus cuerpos para desinhibirse y sentirse un poco menos fríos que siempre… esa frialdad que dejamos sólo por un día, en que nos abrazamos cálidamente, haciendo nacer de corazón (aunque cueste) buenos deseos para todos, y creer esperanzados en que las cosas cambien para bien, que las malas cosas se acaben, que nos vaya bien en todo lo que nos propongamos, en que encontremos al amor de nuestras vidas… o que simplemente estemos sanos, vivos.
Pero, como parece obvio, algunos acá no nos sentimos así… Sé que mi papá anda buscando un departamento luego para irse de la casa, y que mi mamá está destrozada por lo que ha pasado (como si no fuera en parte su culpa), que mi abuela está acá para que entre ellos no se terminen matando, y que todos, todos (hasta mi primo chico) estamos haciendo el esfuerzo sobrehumano para aparentar, que somos la típica familia chilena que se junta, como todos los años, a celebrar la llegada de uno nuevo: comer mucho, para después lamentarse de lo que se ha engordado; contarse las mismas anécdotas añejas que ya quedarán para siempre en nuestra memoria, o que tal vez no querremos recordar para que no nos duela sentir que alguna vez tuvimos una linda familia.
Me aproximo a la ventana, y veo el cielo… sé que ahí está el sol, y que no puedo verlo, porque es de noche; como así tampoco ni la mitad de las estrellas que en el campo hubiese podido haber distinguido, estando inmersa en una verdadera galaxia… sintiéndome parte de ella y volar lejos, al lugar que no sé donde está y siempre he querido… (la tierra prometida…!!!)
Desde la Pudahuel (que secretamente la oyen todos en casa, salvo mi papá y yo) comienzan a avisarnos que quedan tres minutos para que este año de porquería se vaya. Los gritos, que en otra ocasión distinta hubiesen causado el reproche de cualquiera de nosotros, se hacen más abundantes, la ansiedad crece a medida que pasa el tiempo… mientras seguimos comiendo, tomando, y ahora riéndonos de los chistes de mi primito (porque no los sabe contar bien)
Segundos, que avanzan, esperanzados, agotándose como el agua cuando se evapora y es imperceptible a nuestra vista. Es como si los movimientos de todos nosotros fueran más lentos: guardan energía para los abrazos, y se aparejan unos con otros para que “no tengan mala suerte en el amor”. Mala idea de mi tía Isabel decir eso… al parecer tocó muy hondo a mi mamá, quien busca culpablemente los ojos de mi padre… se miran desde extremos opuestos del patio. Inexplicablemente percibo algo de melancolía en sus rostros, es como si hubiesen recordado por un segundo la primera vez que se vieron y tal vez sintieron ese raro impulso que precede al amor, y que hizo que eligieran llevar ese camino juntos, que, después de veinte años, se va…
Cinco
Cuatro
Tres
Dos
Uno
CERO!!
En la radio se escuchan los ruidos pobres que simulan los fuegos artificiales que jamás veremos desde el cielo. Todos se confunden entre abrazos, palmoteos, besos, cariños… Mi abuela me mira amenazándome de muerte, para que vaya a abrazar al resto y formar parte de su jolgorio, de su montaje, en que sólo me limito a repetir “Feliz año”, como si estuviesen apretando un botón en mi espalda con cada abrazo… Mi frialdad se nota, y también las miradas de todos la reprochan… pero ya no me importa…
Entre esto, de pronto, veo a mi papá de espaldas hacia una mesa… Siento un deseo raro de ser pequeña, que me tome en brazos y me diga que todo va a estar bien, pero soy yo la que me topo con un hombre, que por un momento siente nostalgia por lo que siente que ha perdido hace tiempo y ahora está asumiendo. No como la dureza que aparenta para hacerse sentir más firme, sino que quizás los ojos mansos del Vicente que pequeño encantaba a mi abuela, y el que se enamoró en un tiempo pretérito de una dulce Inés… ni el padre que recibió a su primera hija una tarde de verano, ni pensó que la vida le regalaría una dulce Camila, que corre para todos lados, besando a todo el mundo.
No es necesario decirnos nada, sólo nos abrazamos, como una despedida, en que quisiéramos atesorar cada segundo como un recuerdo que no se extinguirá, dándonos cuenta de lo que significa, y lo que será para el resto de nuestras vidas.
Siento que alguien me tironea el vestido… la Cami también quiere un abrazo de nosotros… Con la poca fuerza que me queda me aproximo a ella y la hago girar junto conmigo, como un juego que pareciera que nunca terminara, como la eternidad que quisiera estar presente…
Mi mamá toma mi hombro por detrás y me da un beso en la mejilla, me siento protegida por ella… y es increíble, el año nuevo me ha regalado una sincera sonrisa
(…)
puede que sea un feliz 2008… año bisiesto (puede que tenga un día más para arreglar las cosas)
Fernanda